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Häxan (1922) – La superstición como espejo de la ignorancia colectiva

  • Foto del escritor: kaizzeramigo
    kaizzeramigo
  • 24 abr 2025
  • 2 min de lectura


Pocas películas del cine mudo han desafiado tanto los límites del medio como Häxan (1922), dirigida por Benjamin Christensen. A medio camino entre el documental, la dramatización histórica y la expresión artística más desbordante, esta obra sueca es un estudio profundo sobre la brujería, pero, más allá del tema, es una denuncia feroz contra la ignorancia, el fanatismo religioso y el abuso de poder institucionalizado.


Desde sus primeros minutos, Häxan se presenta como una lección ilustrada sobre las creencias ancestrales: con grabados medievales, mapas astrológicos y tratados inquisitoriales, Christensen nos sumerge en una época donde el miedo moldeaba la realidad. Pero pronto, el tono académico da paso al horror teatral: recreaciones vívidas de aquelarres, posesiones demoníacas y torturas inquisitoriales nos arrastran a una pesadilla de locura colectiva.


Lo más inquietante de Häxan no es lo que muestra, sino la claridad con la que desnuda la lógica perversa detrás de la cacería de brujas. Christensen no se limita a exhibir el delirio medieval, sino que lo vincula directamente con los métodos de represión moderna: el diagnóstico psiquiátrico, la marginalización de la mujer, la criminalización de la diferencia. En ese sentido, la película no sólo reconstruye el pasado: lo interpreta, lo desafía y lo vuelve una advertencia.


A nivel técnico, Häxan es una joya de inventiva visual. Su uso de efectos especiales primitivos, maquillaje grotesco y escenografías oníricas convierte la experiencia en algo hipnótico. El montaje, por momentos abrupto, y la música que ha acompañado distintas restauraciones, dotan a la cinta de un ritmo inquietante, como si el tiempo mismo se retorciera en una danza espectral.


Pero el verdadero valor de Häxan está en su mirada crítica: en su denuncia de cómo el miedo, cuando se institucionaliza, puede justificar las peores atrocidades. Así como El triunfo de la voluntad muestra el cine al servicio de la ideología totalitaria, Häxan revela cómo los mitos, disfrazados de verdad, pueden destruir vidas enteras. Ambas películas, separadas por una década, son recordatorios distintos —y terribles— del poder del cine para crear realidades.


Hoy, Häxan no sólo es una rareza cinematográfica: es un espejo oscuro donde aún podemos ver reflejados nuestros prejuicios, miedos y estructuras de poder. Un film que, con su belleza macabra y su lucidez intempestiva, nos obliga a preguntarnos: ¿cuánto de aquella Edad Media sigue viva bajo nuevas máscaras?

 

 
 
 

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